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Honey, I blew up the kids!

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Santiago, Chile. Capital. March 1, 2012. (Spanish). La idea nació en México, se ha exportado ya a tres continentes y desde marzo operará en Chile. Una ciudad pensada para que los niños jueguen a ser grandes, oficiando de policías, doctores, bomberos o actrices. Son 20 millones de dólares invertidos, 7.500 metros cuadrados construidos en el subsuelo del Parque Araucano, 45 empresas entregadas al juego y las familias Schiess, Said Handal e Izquierdo Menéndez entre los inversionistas. Esto es KidZania. 

Todas lo hicimos: meternos a escondidas al clóset de la mamá para sacarle zapatos, collares, aros –mientras más largos y brillantes mejor– y pasearnos por la casa creyéndonos ella. Muy importante para completar el look, aparte de un taconeo bien ruidoso, eran los labios rojos y la sombra de ojos color azul. O tomar todas las muñecas, ponerlas en fila sobre la cama e iniciar una buena tarde de atenciones médicas haciendo de doctores y enfermeras. O escabullirse en la cocina para transformar harinas y huevos en humeantes galletas. Y el clásico de verano: tomar una jarra con agua y hielo, sobres de jugo en polvo, algunos vasos en desuso y montar en la puerta de la casa un refrescante negocio al paso.

Podría ocupar todo este artículo recordando la forma en que llenábamos los fines de semana y las vacaciones en el Santiago de los 70. Bastaban los hermanos, o algún primo de visita, el compañero de curso invitado o el vecino que estuviese cerca para inventar algo. Tardes tomando té en tazas de verdad con las amigas, o cosiendo ropa y cambiando pañales a las muñecas. Palabras mayores era montar Miss Chile, pues eso tomaba días. Candidatas vestidas ad hoc, largo mesón convertido en pasarela y el más simpático del grupo oficiando de animador. Nunca faltaban las nanas, papá y mamá y el jardinero de turno para completar jurado y público.

Esos éramos los niños del siglo pasado en un mundo pre histórico. Pre Internet, pre XBox, pre Simpson, pre Facebook, pre blogs, pre iPod y pre toda la tecnología que por estos días mantiene a los niños el 80% de su tiempo libre frente a una pantalla. Como hoy la cosa va por otro carril –si es que no se descarriló ya–, a los pequeños del siglo XXI el jugar a ser grandes o, como dicen los especialistas, “a desarrollar juegos de rol” no se les da tan espontáneamente. Hay que enseñárselos. Y no sólo eso: construirles el entorno.

Eso es KidZania, una ciudad de despejadas calles bien pavimentadas, cielo azul intenso y esponjosas nubes blancas en la que se levantan, a escala infantil, edificios de todo tipo de estilos y propósitos. Entre ellos se reparten oficinas de medios de comunicación, policía y tribunales, servicios, empresas, y un largo etcétera de lugares en que los niños juegan a ser grandes. ¿Cómo? Desempeñando todas las profesiones y oficios imaginables. Más de 60 opciones para elegir en una cabecita que –según los especialistas–, no es capaz de nombrar más de 5 profesiones adultas distintas.

La franquicia, creada hace 13 años en México, y que tiene embajadas abiertas en Lisboa, Tokyo, Seúl, Jakarta, Koshien y Dubai, está pronta a abrir su primera sede en Sudamérica. El lugar: Santiago de Chile. Son 7.500 metros cuadrados en el subsuelo del Parque Araucano que demandaron una inversión de 20 millones de dólares y que desde marzo convertirán la espontánea pieza/consulta en una clínica hecha y derecha, el artesanal mesón/pasarela en un escenario de lujo dentro del Teatro Nacional, la venta de jugo veraniego en una embotelladora real y la cocina que encharcábamos a diestra y siniestra, en una fábrica de pan.

Y si para lucir como nuestra mamá teníamos que rellenar la punta de los zapatos con algodón e ingeniarnos con amarras para ajustar los vestidos a nuestro porte, en KidZania todo calza. Los cascos de minero, los uniformes de piloto, la chaqueta del conductor de noticias, el overol del mecánico… hechos a la medida de niños que se mueven entre los 3 y los 13 años.

Pablo Tagle, presidente del directorio y uno de los líderes de esta iniciativa, cuenta que cuando viajó a México para ver de qué se trataba, no sólo quedó admirado por el concepto de “edu-entretención”, sino también con la mirada perpleja de los padres al ver a sus hijos transformados en chefs, bomberos o pizzeros. “Literalmente, se les caía la baba”, sentencia.

La República

Kid, de kinder o niño en alemán. Ania, sufijo latino que significa “tierra de” y zany, algo loco o divertido en inglés, fueron las palabras que, revueltas, dieron KidZania. Un concepto ideado por el mexicano Xavier López a fines de los 90, inspirado en las madres que recorrían los pasillos de los malls con sus hijos a cuestas. Su solución fue crear un espacio donde los niños se entretuvieran a lo grande y como grandes, y los padres pudiesen hacer sus compras sin estrés. Eso, con un agregado clave: darles también la experiencia de manejar su propio dinero. Y es que en esta tierra los niños mandan su bolsillo. Pagan por las profesiones que quieran estudiar o ejercer, y cobran por desempeñar ciertos trabajos u oficios.

En 1999 se abrió en Santa Fe la primera Ciudad de los Niños, su nombre original. Las visitas superaron con creces lo esperado y la expansión no tardó en llegar. De ahí que surgiera un nombre que permitiese abrir estas repúblicas por todo el orbe. Tokio, en 2006, fue la primera “colonia” fuera de México bajo el modelo de franquicia. Hoy, Chile incluido, hay 10 KidZania en el mundo (dos de ellos, en México) y se proyectan 12 más de aquí a 2014, siendo Estados Unidos la guinda de la torta.

A la fecha, 10 millones de niños han pasado por sus calles y se estima que serán 500 mil los chilenos que la visitarán este año. La meta esperan cumplirla de dos formas: recorridos escolares de martes a viernes y niños con sus padres los fines de semana y durante las vacaciones.

Fue este mix completo el que entusiasmó a Raúl Matte mientras buscaba un emprendimiento propio, cuatro años atrás. El soplo lo había recibido de un amigo. Viajó a México y se convenció de que era lo que andaba buscando. A su regreso, comenzó a rastrear nuevos aventureros. Así se sumó Pedro Tagle. Juntos, salieron a buscar inversionistas y consiguieron que las familias Schiess, Said Handal e Izquierdo Menéndez también pusieran fichas en el proyecto.

Luego vino el financiamiento bancario y, quizás lo más relevante, conseguir que las empresas locales se sumaran al proyecto arrendando una tienda, un edificio o una oficina para instalar su mini sucursal.

Y es que esta ciudad es 100% real. Para ser minero, trabajas en Anglo American; para conducir el noticiario central, Canal 13 tiene el set; para ser cirujano opera la Clínica Alemana; para hacer pan, Castaño se instala… y así, suma y sigue. Y sigamos: si el niño quiere trabajar en un restaurante, Mc Donald’s, Pizza Hut y SushiHouse son las opciones; si quiere subirse al camión repartidor está Gasco, y si hay entusiasmo por jugar a químico farmacéutico, Salcobrand. En resumen, KidZania es el reino de los niños, pero también del placement. Hasta ahora son más de 45 las empresas locales que están a firme, en un espacio que acepta hasta 63.

La consigna de sus creadores es que los niños ya se mueven en un mundo de marcas fuera de las fronteras de KidZania. Si es así, ¿por qué no replicar la misma vida aquí dentro? Sobre todo si las empresas están dispuestas a destinar parte de sus presupuestos de marketing a esta iniciativa. Así, en las aproximadamente 4 horas calculadas para que los niños puedan completar un buen ciclo de juegos, sus ojos –además– pasarán por un set de marcas nada despreciable. “Proponemos a nuestros socios comerciales el medio más efectivo de promoción y publicidad interactiva”, explica el sitio web corporativo.

Un día en KidZania

El fuselaje de un avión DC9 desembarcado en Valparaíso hace un año es el encargado –como lo dicta la franquicia– de impresionar a los niños que llegan a la entrada. Ahí, como si se tratara del counter de un aeropuerto –de Lan, por cierto–, se consiguen las entradas. Por 8.800 pesos los niños y 5.800 pesos los adultos, se ingresa a KidZania con un boarding pass que incluye 50 kidzos, la moneda local, y una pulsera de seguridad que será el respiro de los padres al ver cómo, una vez dentro, los niños se esfumarán.
A cada grupo se le asigna una configuración propia de pulseras. Si un niño se topa con un abuelo o un amigo y quiere irse con ellos, las alarmas retumbarán. Para traspasar las puertas, debe hacerlo con la misma persona con la que entró. Dentro de la ciudad hay también dispositivos para que los padres acerquen su pulsera y vean en pantalla la ubicación física de sus hijos.

También están los más de 500 adultos circulando por la ciudad; todos, jóvenes universitarios que acompañarán a los niños en cada uno de los oficios que ejerzan.

Ya dentro, las opciones se multiplican exponencialmente. Partamos por el avión. Qué mejor que ser piloto –gorra, corbata y chaqueta incluidas– y aterrizar tremenda máquina en una pista de verdad (lo que se logra simuladamente con una pantalla en los vidrios). O calzarse una coqueta pollera y blusa para pasearse entre los asientos como azafata. O, simplemente, disfrutar del trayecto como un pasajero más. Ahora, ojo, que para tener los controles habrá que tomar de la billetera unos cuantos kidzos, pues lo primero es hacer el curso de piloto. Si la elección fue trabajar de sobrecargo, pues entonces a la salida habrá un sueldo esperando…en kidzos, claro.

Es aquí donde la ciudad comienza a hacer de las suyas. Edu-entretención es la idea que hay detrás al presentarles a los niños tremenda oferta de juegos de rol. Pero también entran a tallar el trabajo en equipo con pares desconocidos y el real valor del dinero. Porque los ejemplos siguen. Pasos más allá del aeropuerto, hay una amplia zona de juegos donde se podrá ser un conductor hecho y derecho. Pero… stop. Para conseguirlo, hay que tener licencia de conducir al día (caduca cada seis meses). Si no es el caso, no queda más que ir a la academia de manejo, seguir el curso y pagar por el carné. Ahí recién se podrán dirigir los pasos hacia Hertz y arrendar el auto. Si la bencina escasea, pues entonces no quedará más que comprarla en Petrobras. Lo más probable es que el niño que llene el estanque haya sido un poco desordenado con su economía y sus kidzos se hayan esfumado hace rato. ¿Qué hace? Trabaja en la bomba para obtener algunos pesos…y continuar con la diversión.

Ser conductor requerirá respetar la cultura cívica del lugar y tener claro que cualquier infracción puede ser sancionada por los carabineros que recorren el lugar. Y si la cosa pasa a mayores, siempre es bueno tener en cuenta que los tribunales de justicia no están muy lejos y que si el incidente requiere ciertos grados de investigación, la Policía de Investigaciones estará para aclararlo. Porque desempeñar cargos públicos también es una noble tarea en KidZania. Incluso muchos de estos roles dan un pago extra, como el ser fiscal, patrullero o integrar el laboratorio de criminalística.

El Teatro Nacional, en la plaza central, es otro imán importante dentro de la ciudad. Su gran escenario está disponible para todo tipo de espectáculos. Los amantes de la magia no tendrán más que inscribirse en el curso de los Magic Twins, a cambio de un puñado de kidzos, antes de quedar listos para la presentación. Lo mismo quienes quieran presentar su banda de rock. La escuela de música dará las clases y Casa Amarilla proporcionará los instrumentos.

Como en todo el mundo, los ordenados cuidarán su dinero, los precavidos podrán abrir una cuenta de ahorro en las oficinas del Banco de Chile y los despilfarradores… pues no se quedarán sin entretención. En las oficinas de Manpower podrán buscar un trabajo: pintor de casas, limpiador de vidrios, mecánico en el taller de autos o encargado de manejar el reloj de la ciudad.

¿Y si la fila para ser cirujano supera las expectativas? ¿O los interesados en trabajar para la fábrica de chocolates son más de los esperados? Pues rápidamente el “mundo de los grandes” entrará en acción y los kidzos para transformarse en doctor podrán aumentar más de lo que se está dispuesto a pagar. Ufff. Tokio, incluso, está sumando la declaración de impuestos. Los niños aprenden que hay que tributar por lo ganado y que esos fondos son los que permiten que los bomberos o la policía puedan trabajar con tranquilidad.

KidZania tiene su himno, una bandera propia y un pasaporte que va reconociendo las entradas a la ciudad. Sobre los 30 timbres ya es posible subir en el escalafón de ciudadanos –naturalizados, distinguidos y honorables– y obtener kidzos extra en cada actividad. Y, por cierto, el pasaporte también es válido para visitar el centro en otros países. El oficio que sí ha quedado fuera de KidZania es el de presidente. Ni siquiera ministros tiene la ciudad. Aquí el orden político, lisa y llanamente, lo manejan los adultos. Pero de existir, ¿qué haría un niño por sentarse en La Moneda? ¿Pagar o cobrar?

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